-¿Qué te gusta de mí? -preguntaste intrigada, con tono dulce.
¿Qué hubiese pasado si contestaba velozmente sin quedarme pensativo como lo hice?.
Es que me puse a pensar lo que me gusta de vos, y realmente, es más fácil encontrar lo que no me gusta de vos.
No me gusta, por ejemplo, que te vayas en la mañana, porque siento un abandono intolerable.
No me gusta que sospeches que hoy te quiero menos que ayer, porque significaría que fracasé para lo que vivo.
No me gusta que no sepas de lo que soy capaz de hacer, con tal de reconfortarte.
No me gusta que llores, que estés triste, que te sientas dueña de una vida sin sentido.
Ante tu enojo por mi tardía respuesta, subiste la apuesta: -¿Te gusto?.
Tu pregunta calló como un balde de agua fría sobre mi mente divagante. Todo pensamiento que rondaba mi cabeza se congeló por un par de minutos.
Ya más calmo, tomé el aire necesario y contesté:
-¿Realmente?. No, no me gustás.
No pude evitar ver tu rostro pasar de una intriga ingenua a una tristeza decepcionante.
Finalmente, y sin darme tiempo a nada, te levantaste y te fuiste, golpeando la puerta para tapar el fino quejido de un llanto que me pertenece. (más…)














