Hoy me levanté enojado conmigo mismo. Es que ayer peleé con ella. Pero no es sólo eso el motivo de mi enojo matutino, sino que esta vez ella, además, tenía razón.
Cada palabra que ella soltaba de su boca tenía un fundamento y un sustento que hacía que yo sólo pueda resignarme a asentir con la cabeza.
Es que cuando arruino algo, lo hago en grande, pero lo peor de todo es que me genera impotencia. Impotencia de pensar que al final todo lo que logro hacer bien, se vea opacado por un error, gravísimo, pero error al fin que todos podemos cometer. Y en ese momento no importa el tiempo, ni los buenos momentos y recuerdos. Importa sólo “eso”.
Al escuchar sus palabras, sus preguntas, sus cuestionamientos, me hundía más y más en mi desprecio. Me sentí repugnante, me odié como nunca antes lo había hecho. Estaba sucio, demasiado, y merecía este maltrato. (más…)














